«En este país...»

«En este país no se compra arte.»

«En este país no se puede vivir de la pintura.»

«En este país no se apuesta por la cultura...»

Acostumbro a escuchar estas frases en boca de todos, y en especial de artistas españoles. En mi limitada experiencia profesional he trabajado en varios países, especialmente Estados Unidos y Reino Unido. ¿Y sabéis qué? Los gilipollas estás uniformemente repartidos por todo el planeta, y solo somos capaces de abrazar a los propios.

Ésta es una expresión que reúne una mezcla imposible de envidia, victimismo, autocomplacencia y fascinación por lo exótico. Lean lo que escribió Mariano José de Larra en 1833:





«En este país»
Mariano José de Larra.

Hay en el lenguaje vulgar frases afortunadas que nacen en buena hora y que se derraman por toda una nación, así como se propagan hasta los términos de un estanque las ondas producidas por la caída de una piedra en medio del agua. Muchas de este género pudiéramos citar, en el vocabulario político sobre todo; de esta clase son aquellas que, halagando las pasiones de los partidos, han resonado tan funestamente en nuestros oídos en los años que van pasados de este siglo, tan fecundo en mutaciones de escena y en cambio de decoraciones. Cae una palabra de los labios de un perorador en un pequeño círculo, y un gran pueblo, ansioso de palabras, la recoge, la pasa de boca en boca, y con la rapidez del golpe eléctrico un crecido número de máquinas vivientes la repite y la consagra, las más veces sin entenderla, y siempre sin calcular que una palabra sola es a veces palanca suficiente a levantar la muchedumbre, inflamar los ánimos y causar en las cosas una revolución.

Estas voces favoritas han solido siempre desaparecer con las circunstancias que las produjeran. Su destino es, efectivamente, como sonido vago que son, perderse en la lontananza, conforme se apartan de la causa que las hizo nacer. Una frase, empero, sobrevive siempre entre nosotros, cuya existencia es tanto más difícil de concebir, cuanto que no es de la naturaleza de esas de que acabamos de hablar; éstas sirven en las revoluciones a lisonjear a los partidos y a humillar a los caídos, objeto que se entiende perfectamente, una vez conocida la generosa condición del hombre; pero la frase que forma el objeto de este artículo se perpetúa entre nosotros, siendo sólo un funesto padrón de ignominia para los que la oyen y para los mismos que la dicen; así la repiten los vencidos como los vencedores, los que no pueden como los que no quieren extirparla; los propios, en fin, como los extraños.

«En este país…», ésta es la frase que todos repetimos a porfía, frase que sirve de clave para toda clase de explicaciones, cualquiera que sea la cosa que a nuestros ojos choque en mal sentido. «¿Qué quiere usted?» —decimos—, «¡en este país!» Cualquier acontecimiento desagradable que nos suceda, creemos explicarle perfectamente con la frasecilla: «¡Cosas de este país!», que con vanidad pronunciamos y sin pudor alguno repetimos.

¿Nace esta frase de un atraso reconocido en toda la nación? No creo que pueda ser éste su origen, porque sólo puede conocer la carencia de una cosa el que la misma cosa conoce: de donde se infiere que si todos los individuos de un pueblo conociesen su atraso, no estarían realmente atrasados. ¿Es la pereza de imaginación o de raciocinio que nos impide investigar la verdadera razón de cuanto nos sucede, y que se goza en tener una muletilla siempre a mano con que responderse a sus propios argumentos, haciéndose cada uno la ilusión de no creerse cómplice de un mal, cuya responsabilidad descarga sobre el estado del país en general? Esto parece más ingenioso que cierto.

Creo entrever la causa verdadera de esta humillante expresión. Cuando se halla un país en aquel crítico momento en que se acerca a una transición, y en que, saliendo de las tinieblas, comienza a brillar a sus ojos un ligero resplandor, no conoce todavía el bien, empero ya conoce el mal, de donde pretende salir para probar cualquiera otra cosa que no sea lo que hasta entonces ha tenido. Sucédele lo que a una joven bella que sale de la adolescencia; no conoce el amor todavía ni sus goces; su corazón, sin embargo, o la naturaleza, por mejor decir, le empieza a revelar una necesidad que pronto será urgente para ella, y cuyo germen y cuyos medios de satisfacción tiene en sí misma, si bien los desconoce todavía; la vaga inquietud de su alma, que busca y ansía, sin saber qué, la atormenta y la disgusta de su estado actual y del anterior en que vivía; y vésela despreciar y romper aquellos mismos sencillos juguetes que formaban poco antes el encanto de su ignorante existencia.

Éste es acaso nuestro estado, y éste, a nuestro entender, el origen de la fatuidad que en nuestra juventud se observa: el medio saber reina entre nosotros; no conocemos el bien, pero sabemos que existe y que podemos llegar a poseerlo, si bien sin imaginar aún el cómo. Afectamos, pues, hacer ascos de lo que tenemos para dar a entender a los que nos oyeron que conocemos cosas mejores, y nos queremos engañar miserablemente unos a otros, estando todos en el mismo caso.

Este medio saber nos impide gozar de lo bueno que realmente tenemos, y aun nuestra ansia de obtenerlo todo de una vez nos ciega sobre los mismos progresos que vamos insensiblemente haciendo. Estamos en el caso del que, teniendo apetito, desprecia un sabroso almuerzo con la esperanza de un suntuoso convite incierto, que se verificará, o no se verificará, más tarde. Sustituyamos sabiamente a la esperanza de mañana el recuerdo de ayer, y veamos si tenemos razón en decir a propósito de todo: «¡Cosas de este país!»

Sólo con el auxilio de las anteriores reflexiones pude comprender el carácter de don Periquito, ese petulante joven, cuya instrucción está reducida al poco latín que le quisieron enseñar y que él no quiso aprender; cuyos viajes no han pasado de Carabanchel; que no lee sino en los ojos de sus queridas, los cuales no son ciertamente los libros más filosóficos; que no conoce, en fin, más ilustración que la suya, más hombres que sus amigos, cortados por la misma tijera que él, ni más mundo que el salón del Prado, ni más país que el suyo. Este fiel representante de gran parte de nuestra juventud desdeñosa de su país fue no ha mucho tiempo objeto de una de mis visitas.

Encontrele en una habitación mal amueblada y peor dispuesta, como de hombre solo; reinaba en sus muebles y sus ropas, tiradas aquí y allí, un espantoso desorden de que hubo de avergonzarse al verme entrar.

—Este cuarto está hecho una leonera —me dijo—. ¿Qué quiere usted? En este país… —y quedó muy satisfecho de la excusa que a su natural descuido había encontrado.

Empeñose en que había de almorzar con él, y no pude resistir a sus instancias: un mal almuerzo mal servido reclamaba indispensablemente algún nuevo achaque, y no tardó mucho en decirme:

—Amigo, en este país no se puede dar un almuerzo a nadie; hay que recurrir a los platos comunes y al chocolate.

«Vive Dios —dije yo para mí—, que cuando en este país se tiene un buen cocinero y un exquisito servicio y los criados necesarios, se puede almorzar un excelente beefsteak con todos los adherentes de un almuerzo à la fourchette; y que en París los que pagan ocho o diez reales por un appartement garni, o una mezquina habitación en una casa de huéspedes, como mi amigo don Periquito, no se desayunan con pavos trufados ni con champagne.»

Mi amigo Periquito es hombre pesado como los hay en todos los países, y me instó a que pasase el día con él; y yo, que había empezado ya a estudiar sobre aquella máquina como un anatómico sobre un cadáver, acepté inmediatamente.

Don Periquito es pretendiente, a pesar de su notoria inutilidad. Llevome, pues, de ministerio en ministerio: de dos empleos con los cuales contaba, habíase llevado el uno otro candidato que había tenido más empeños que él.

—¡Cosas de España! —me salió diciendo, al referirme su desgracia.

—Ciertamente —le respondí, sonriéndome de su injusticia—, porque en Francia y en Inglaterra no hay intrigas; puede usted estar seguro de que allá todos son unos santos varones, y los hombres no son hombres.

El segundo empleo que pretendía había sido dado a un hombre de más luces que él.

—¡Cosas de España! —me repitió.

«Sí, porque en otras partes colocan a los necios», dije yo para mí.

Llevome en seguida a una librería, después de haberme confesado que había publicado un folleto, llevado del mal ejemplo. Preguntó cuántos ejemplares se habían vendido de su peregrino folleto, y el librero respondió:

—Ni uno.

¿Lo ve usted, Fígaro? —me dijo—: ¿Lo ve usted? En este país no se puede escribir. En España nada se vende; vegetamos en la ignorancia. En París hubiera vendido diez ediciones.

—Ciertamente —le contesté yo—, porque los hombres como usted venden en París sus ediciones.

En París no habrá libros malos que no se lean, ni autores necios que se mueran de hambre.

—Desengáñese usted: en este país no se lee —prosiguió diciendo.

«Y usted que de eso se queja, señor don Periquito, usted, ¿qué lee? —le hubiera podido preguntar—. Todos nos quejamos de que no se lee, y ninguno leemos.»

—¿Lee usted los periódicos? —le pregunté, sin embargo.

—No, señor; en este país no se sabe escribir periódicos. ¡Lea usted ese Diario de los Debates, ese Times!

Es de advertir que don Periquito no sabe francés ni inglés, y que en cuanto a periódicos, buenos o malos, en fin, los hay, y muchos años no los ha habido.

Pasábamos al lado de una obra de esas que hermosean continuamente este país, y clamaba:

—¡Qué basura! En este país no hay policía.

En París las casas que se destruyen y reedifican no producen polvo.

Metió el pie torpemente en un charco.

—¡No hay limpieza en España! —exclamaba.

En el extranjero no hay lodo.

Se hablaba de un robo:

—¡Ah! ¡País de ladrones! —vociferaba indignado.

Porque en Londres no se roba; en Londres, donde en la calle acometen los malhechores a la mitad de un día de niebla a los transeúntes.

Nos pedía limosna un pobre:

—¡En este país no hay más que miseria! —exclamaba horripilado.

Porque en el extranjero no hay infeliz que no arrastre coche.

Íbamos al teatro, y:

—¡Oh qué horror! —decía mi don Periquito con compasión, sin haberlos visto mejores en su vida— ¡Aquí no hay teatros!

Pasábamos por un café.

—No entremos. ¡Qué cafés los de este país! —gritaba.

Se hablaba de viajes:

—¡Oh! Dios me libre; ¡en España no se puede viajar! ¡Qué posadas! ¡Qué caminos!

¡Oh infernal comezón de vilipendiar este país que adelanta y progresa de algunos años a esta parte más rápidamente que adelantaron esos países modelos, para llegar al punto de ventaja en que se han puesto!

¿Por qué los don Periquitos que todo lo desprecian en el año 33, no vuelven los ojos a mirar atrás, o no preguntan a sus papás acerca del tiempo, que no está tan distante de nosotros, en que no se conocía en la Corte más botillería que la de Canosa, ni más bebida que la leche helada; en que no había más caminos en España que el del cielo; en que no existían más posadas que las descritas por Moratín en El sí de las niñas, con las sillas desvencijadas y las estampas del Hijo Pródigo, o las malhadadas ventas para caminantes asendereados; en que no corrían más carruajes que las galeras y carromatos catalanes; en que los «chorizos» y «polacos» repartían a naranjazos los premios al talento dramático, y llevaba el público al teatro la bota y la merienda para pasar a tragos la representación de las comedias de figurón y dramas de Comella; en que no se conocía más ópera que el Marlborough (o «Mambruc», como dice el vulgo) cantado a la guitarra; en que no se leía más periódico que el Diario de Avisos, y en fin… en que…

Pero acabemos este artículo, demasiado largo para nuestro propósito: no vuelvan a mirar atrás porque habrían de poner un término a su maledicencia y llamar prodigiosa la casi repentina mudanza que en este país se ha verificado en tan breve espacio.

Concluyamos, sin embargo, de explicar nuestra idea claramente, mas que a los don Periquitos que nos rodean pese y avergüence.

Cuando oímos a un extranjero que tiene la fortuna de pertenecer a un país donde las ventajas de la ilustración se han hecho conocer con mucha anterioridad que en el nuestro, por causas que no es de nuestra inspección examinar, nada extrañamos en su boca, si no es la falta de consideración y aun de gratitud que reclama la hospitalidad de todo hombre honrado que la recibe; pero cuando oímos la expresión despreciativa que hoy merece nuestra sátira en bocas de españoles, y de españoles, sobre todo, que no conocen más país que este mismo suyo, que tan injustamente dilaceran, apenas reconoce nuestra indignación límites en que contenerse.

Borremos, pues, de nuestro lenguaje la humillante expresión que no nombra a este país sino para denigrarle; volvamos los ojos atrás, comparemos y nos creeremos felices. Si alguna vez miramos adelante y nos comparamos con el extranjero, sea para prepararnos un porvenir mejor que el presente, y para rivalizar en nuestros adelantos con los de nuestros vecinos: sólo en este sentido opondremos nosotros en algunos de nuestros artículos el bien de fuera al mal de dentro.

Olvidemos, lo repetimos, esa funesta expresión que contribuye a aumentar la injusta desconfianza que de nuestras propias fuerzas tenemos. Hagamos más favor o justicia a nuestro país, y creámosle capaz de esfuerzos y felicidades. Cumpla cada español con sus deberes de buen patricio, y en vez de alimentar nuestra inacción con la expresión de desaliento: «¡Cosas de España!», contribuya cada cual a las mejoras posibles. Entonces este país dejará de ser tan mal tratado de los extranjeros, a cuyo desprecio nada podemos oponer, si de él les damos nosotros mismos el vergonzoso ejemplo.

—Revista Española, n.º 51, 30 de abril de 1833. Firmado: Fígaro.

Mitos sobre los artistas


Extractos del libro 'Starting your career as an artist'


Mito #1 — Los artistas necesitan sufrir para hacer buen arte
Es el mito más común y persistente sobre los artistas, proveniente de la visión romántica, idealizada, solitaria, de artista bohemio y hambriento en su misión espiritual de hacer buen arte. La idea sugiere que el artista es un ser puro e iluminado que únicamente le concierne lo relacionado con su creación.

Lo positivo: establece un ideal y una referencia espiritual.

Lo negativo: la adhesión a este mito te puede aislar demasiado personalmente y, por supuesto, económicamente.

El equilibrio: la remuneración de tu trabajo es buena y no condiciona su calidad, sino que perpetúa un bucle económico que te permite seguir creando cómodamente y sin sufrimiento. El sufrimiento no es un purgatorio del talento, sino todo lo contrario.



Mito #2 — Los artistas son unos solitarios
Un mito muy común apela al aislamento de los artistas para crear su obra, y al alejamiento de los grupos de artistas para que sus ideas no puedan adulteradas ni robadas de ninguna forma.

Lo positivo: el aislamiento total es, por lo general, muy productivo. Estar alejado del mundo te concentra en lo realmente relevante y puedes crear con plena dedicación.

Lo negativo: el alejamiento es negativo socialmente, psicológicamente y en muchas ocasiones también creativamente. Estar en contacto con otros artistas es enriquecedor.

El equilibrio: la innovación raramente proviene del aislamiento, sino del diálogo. Puedes aislarte para trabajar siempre que guardes contacto con el mundo y luego promociones tu obra.



Mito #3 — Los artistas son víctimas que deben ser rescatadas
El mito defiende que el talento y la obra del artista deben hablar por si mismos, y el resto no concierne al artista en absoluto.

Lo positivo: el artista puede concentrar todo su potencial en el acto creativo, desatendiendo cualquier otro tipo de responsabilidad para con su obra.

Lo negativo: el mito invita a la pasividad, la irresponsabilidad y a la dejadez del artista en su responsabilidad de promocionar su trabajo.

El equilibrio: La fantasía de que alguien va a rescatarte te mantendrá alejado de las rutinas y habilidades necesarias para el negocio del arte, tan necesarias para costear tu vida, tu trabajo, y prevenirte de construir el bagaje necesario para tener éxito por ti mismo. Necesitas estar activamente implicado en tu trabajo para terminar teniendo pleno control sobre tu vida. Pensar que alguien va a hacer todo esto por ti es infantiloide, ingenuo y muy poco maduro.



Mito #4 — Los artistas no deben lidiar con negocios ni dinero para tener éxito

Un grave error es pensar que los artistas no deban tener una mínima educación financiera respecto a su actividad artística. Muchos artistas (llamémosles 'puristas') piensan que su arte va a perder integridad y autenticidad si toman responsabilidades sobre su situación financiera. Piensan que a los artistas de verdad este asunto no les concierne, y es su deber moral que no les concierna.

Lo positivo: el artista se concentra exclusivamente en su trabajo sin la presión ni la ansiedad de pensar en el dinero.

Lo negativo: sin dinero ni preocupación por los ingresos no se puede mantener una actividad artística seria, comprar materiales, pagar el alquiler, transporte, etc. Esta carencia genera una espiral de presión y ansiedad nada recomendable.

El equilibrio: la estabilidad financiera te asegura que puedas continuar con tu actividad artística. El dinero financia tu libertad creativa a largo plazo.



Mito #5 — Los artistas son descubiertos
Este mito presume que el talento debe ser descubierto por terceros, lo que supone que el éxito depende inevitablemente de la fama y la suerte.

Lo positivo: el sueño fantasioso del reconocimiento, fama, fans incondicionales, dinero, status y tu trabajo en colecciones importantes anima al artista a trabajar con motivación y buenas expectativas.

Lo negativo: desafortunadamente el talento no es una garantía de fama y reconocimiento. Por otra parte, la fama presenta no pocos problemas: presión de las galerías, sobrexposición, falta de privacidad, etc.

El equilibrio: la fama es algo dificil de gestionar, y tener éxito en algunos aspectos del mercado artístico tampoco asegura ganar mucho dinero. De hecho, lo que nadie cuenta sobre los artistas de éxito es que no dependen directamente de su obra para vivir, lo que les facilita producir una obra coherente y con una visión única que les permite un reconocimiento mayor; paradójicamente, muchos artistas reconocidos viven de varias fuentes de ingresos.



Mito #6 — La docencia es una buena forma de financiar mi actividad artística
Muchos artistas piensan que por tener una titulación están capacitados para impartir clases, y por ello obtener dinero fácil para soportar el terrible déficit de su actividad artística.

Lo positivo: la docencia normalmente está correctamente remunerada y eso permite asegurar unos beneficios mínimos aunque no vendas tu producción artística. Es una fórmula conocida desde hace mucho tiempo, y puede funcionar si tienes una vocación docente.

Lo negativo: al elegir dos carreras profesionales tu tiempo se divide, ya que ambos trabajos son muy competitivos y requieren de una enorme dedicación. Normalmente una de las dos actividades se ve fuertemente reducida, y es muy común que la actividad artística —que no depende de la supervisión de un organismo superior— quede relegada a un pobre segundo plano.

El equilibrio: la docencia es una buena opción si dispones de la vocación necesaria para ello. También es muy gratificante enseñar a personas a pintar si con ello refuerzas tus propios conocimientos, especialmente en enseñanza superior. En todo caso, deberás decidir qué actividad quieres priorizar, ya que alcanzar la excelencia en ambas es difícilmente soportable para una persona normal. El 99,9% de las personas, artistas o no, somos normales.



Mito #7 — Los artistas no deben buscarse la vida
El miedo al fracaso está asociado a las inseguridades que sienten los artistas al pensar que no están preparados para enseñar su trabajo.

Lo positivo: permaneces en tu zona de confort, y mantienes tu statu quo. No triunfas, pero tampoco fracasas. No tomar riesgos te mantiene en equilibrio.

Lo negativo: no intentando nada no generas oportunidades de ningún tipo. Al no estar abierto a recibir críticas, tampoco tu trabajo es susceptible de ser mejorado.

El equilibrio: sin fracasos no hay rectificación y, por tanto, tampoco progreso. Debes estar abierto a tomar riesgos por el bien de tu obra.



Mito #8 — Los artistas solo pueden vivir de ello realmente en Nueva York o Los Angeles
Muchos artistas piensan que para tener éxito deben vivir en las ciudades donde están las mejores galerías y artistas.

Lo positivo: si piensas que «cuando llegue a Nueva York podré comenzar realmente mi carrera artística» quizá sea positivo en tanto que es un objetivo concreto, ya que eso genera motivación y expectativa.

Lo negativo: este mito cierra innumerables alternativas y oportunidades fuera de un hipotético escenario ideal en una ciudad que desconoces, un idioma que probablemente no domines, y el agravante de una competencia feroz.

El equilibrio: es cierto que Nueva York o Los Angeles son dos núcleos de actividad artística envidiables, pero existen innumerables centros artísticos en el mundo. Si bien es cierto que la tecnología ha convertido este mundo en un lugar pequeño donde la localización de producción es cada vez más irrelevante.



Los mitos son excusas para no pensar. Virus. Los mitos construidos sobre los artistas son un imaginario de prejuicios que condicionan a los artistas emergentes de forma negativa cerrando no pocas oportunidades. Debes ser amo y señor de tu destino y tus ideas, y alejarte de estos clichés. Puedes ganar dinero con tu arte y además ser alguien rematadamente sincero y auténtico.

Métete esto en la cabeza: atender a estereotipos es lo menos auténtico que hay.

Sobre los admiradores

Os dejo un texto para reflexionar. Cambiad la palabra 'cronista' por 'artista'.


Julio Camba, "Los admiradores son un peligro", El Sol, 14-3-1919. Ver ampliado en PDF.

Sobre coleccionistas

«"El coleccionista se atribuye el papel de transfigurar las cosas", sostiene Walter Benjamin en su "Angelus Novus". «Es un trabajo de Sísifo, que consiste en despojar a las cosas, mediante su posesión, de su caracter de mercancía. El coleccionista las transfiere idealmente a un mundo donde las cosas están liberadas de la esclavitud de ser útiles»
—Angela Vettese, Invertir en Arte.

«Jamás aceptaría pertenecer a un club que admitiera como miembro a alguien como yo»


Hay cierto tipo de coleccionistas que intentan comprar siempre al menor precio posible, forzando la devaluación del artista si es necesario. En cambio, cuando valoran su patrimonio artístico, intentan que la tasación sea lo más elevada e irreal posible. Parafraseando a Groucho Marx, este tipo de personas no desearían cruzarse con ellos mismos en su propio club. Afortunadamente la gran mayoría no son así.

Os explicaré mi experiencia.

Reconozco que he aceptado "ofertas" despreciables por obras que actualmente valen varias veces más lo que me pagaron por ellas. Entonces estaba en una situación económica límite y acepté lo que se me ofrecía y —como tantos— maldecí entre dientes mi miseria. Fue en ese momento cuando decidí que necesitaba aprender cómo funciona el mercado del arte para no dejarme humillar más por personas sin escrúpulos.

Bien, han pasado algunos años y os aseguro que no soy tan listo como para saber cómo funciona el mercado del arte. No estoy seguro que nadie lo sepa realmente. Sin embargo, algo he aprendido. Una de las cosas que más me ha beneficiado es saber diferenciar entre clientes y oportunistas.

Ahora cuando me encuentro con alguien que aspira a devaluar mi trabajo, sencillamente le digo: «esto no es un zoco, y usted no es un cliente.» Me ha costado mucho esfuerzo lograr esta claridad. Desgraciadamente, la mayoría de artistas no están en condiciones de renunciar a una venta, aunque con ello perjudiquen su profesionalidad y alimenten la codicia de los oportunistas. Nos ha pasado a todos.

Decir "NO" es una crueldad cuando padecemos problemas económicos. Sin embargo, este tipo de "clientes" suelen aparecer cuando saben que cuentan con la ventaja estratégica de la necesidad. Se huelen que el artista aceptará casi siempre una oferta vejatoria si con ello alcanza pagar el alquiler. Necesitamos reconocer quienes son dignos de ser nuestros clientes, y quienes no. Necesitamos un código ético que determine los límites de nuestra dignidad.

Personalmente desconfío de toda persona que evita hablar de dinero cuando solicitas un precio, y los artistas son muy dados al balbuceo cuando toca hablar de cifras, algo que los clientes interpretan como que algo raro está a punto de suceder. Te recomiendo que seas muy claro cuando hables de dinero, especialmente cuando te enfrentes a personas que intentan rebajar el precio de tu trabajo. No sucumbas al chantaje y mantén tu integridad. La mejor forma de evitar que devalúen tu obra es trabajar con precios estándar, y tener un criterio de aplicación de descuentos en base a variables tangibles, no en base a un mayor caradurismo.

En otra ocasión hablaremos de cómo poner precios y por qué es muy necesario trabajar con estándares de cotización.


¿Por qué algunos artistas jóvenes tienen precios muy superiores a los artistas bien establecidos?





La respuesta es sencilla: no juegan en la misma liga. Los artistas maduros no pretenden cegar a los coleccionistas con golpes de glamour y la promesa social de grandes beneficios en el mercado secundario. Se centran en trabajar bien y su prioridad no es inventar dinero ni alimentar su ego. Son profesionales dedicados a producir obras de arte de calidad para coleccionistas que desean el beneficio de su posesión, no su compraventa. Un detalle revelador es la vehemencia con que algunos se autoproclaman "artistas" y sobrevaloran su trabajo, viéndose obligados a maquillar su mediocridad con discursos inalcanzables. Dime de qué presumes y te diré de qué careces.


Paralelamente, el fenómeno de la escasez de ventas conduce erróneamente a los artistas codiciosos (o con poca paciencia) a subir los precios de sus obras. Piensan, en su ingenuidad, que quizá la suerte les proveerá de ingresos puntuales altos, cuando lo correcto es recibir ingresos moderados de forma regular. Los coleccionistas no son tan incautos. Si vendes poco, no subas tus precios para "probar suerte", mejor dedica tus esfuerzos a trabajar mejor y a localizar un público mas receptivo a tu obra. Paciencia, vender arte es un arte, no un negocio al uso.

En el mercado de arte tradicional los precios de los artistas suben debido a una demanda real de sus obras, es decir, una demanda cuyo destino es una colección privada o pública que sus poseedores mantienen con celo. Este gran arte resistirá el paso del tiempo como siempre ha ocurrido, manteniendo su valor y acaso aumentando de forma moderada pero sostenida. Por esta razón, muchos artistas profesionales cotizan mucho más alto cuando mueren, debido a que la elevada demanda no puede satisfacerse con la poca obra remanente. Al no existir mucha compraventa, las pocas obras disponibles tienen tanta demanda que necesariamente se encarecen. Algo parecido a lo que ocurre con las antigüedades.

El mercado especulativo se dedica a vender, no a mantener una colección, fomentando la burbuja de precios. La mayoría de las obras concebidas por y para este circuito de vanidades no sobrevivirán al paso del tiempo, ya que no es arte (valor) sino dinero (especulación). Revisad un Magazine de arte de los años 80 y 90 y comprobad cuántos prometedores y carísimos artistas han desaparecido del mapa completamente, y cuantos "mucho menos prometedores" siguen trabajando sin problemas. Algo parecido ocurre con cierto género de grupos musicales. Los verdaderos profesionales jamás caducan; son sólidos, son Casablancas no Blockbusters.

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